¿La culpa es de la teta?

A veces me fascina como se le da la vuelta a las cosas, retorciéndolas de tal modo que resultan irreconocibles.

La alimentación normal al inicio de la vida es la lactancia materna.

Atención: no digo la mejor, ni la recomendable, ni la más natural, digo la alimentación normal, por no decir la lógica.

En ciencia, cuando se estudia un fenómeno, sea una enfermedad o los efectos de un nuevo medicamento, se compara con la norma. No sé si os sonarán los términos caso y control, caso es el enfermo, control es el individuo sano con el que se le compara.

Con la lactancia materna (que se debería considerar control), sucede al revés (porque se considera caso), por ello se habla de beneficios, ventajas y defensas en relación a la lactancia materna, en lugar de hablar de riesgos, desventajas o carencias inmunológicas de la lactancia artificial.

Y el lenguaje es un reflejo de nuestro pensamiento y nuestras creencias.

Olvidando esto, que quizá os resulte confuso, me llama poderosamente la atención como prácticamente todo lo que ocurre alrededor de un niño amamantado o su madre, pasa a ser automáticamente culpa de «la teta».

  • Si llora el niño, será que no hay leche o no le alimenta.
  • Si está contento pero no engorda al ritmo esperado, es que solo con el pecho se queda con hambre.
  • Si no duerme, métele un biberón.
  • Si la madre está cansada, es que el pecho es muy esclavo.
  • Si el niño sólo quiere con la madre, es que todavía le da pecho.
  • Si la madre sólo quiere con el niño, es que ya es hora de que se libere y deje de darle teta.

Podría seguir hasta el infinito.

En base a los mitos previos, se interrumpen lactancias a troche y moche.

Porque lo que siempre se cuestiona es la teta, no me digáis por qué.

Quizá por universal, gratuita y algo misteriosa, ya que no permite mediciones exactas de cantidad, ni trae certificado de garantía.

Pero no todo lo que le pasa a l@s niñ@s está relacionado ni se debe a “la teta”.

Hay dos situaciones en las que es muy frecuente que se haga esa interpretación errónea:

1. El bebé que llora.

Los bebés (y los niños) lloran. Es una de sus formas de comunicación.

El llanto hay que atenderlo y tratar de consolarlo tan pronto como sea posible, e intentar averiguar a qué se debe: revisar si el bebé está cómodo o no, si hace frío, calor, necesita un cambio de pañal, necesita brazos o quiere comer. 

El pecho es un calmante potente, generalmente funciona, aunque hay veces que hay que tranquilizar primero para conseguir enganchar al bebé

Si al pecho el llanto no calma, hay que revisar varias cosas, como la edad del bebé, su aspecto general y como va ganando peso, para poder orientar si es un bebé sano que llora o algo más.

  • Si es recién nacido o menor de 15 días, llora sin consuelo y orina muy poco, hay que revisar peso, hidratación y técnica de alimentación inmediatamente.
  • Si tiene es menor de 3 meses, llora o se queja y además tiene mal aspecto (pálido, grisáceo, sin fuerzas como un muñeco de trapo) o fiebre, hay que llevarlo al hospital inmediatamente.
  • Entre los 15 días y los 3-4 meses puede tener cólicos del lactante. Llora con rabia, se retuerce, está colorado y con buen tono muscular. Puede llorar un buen rato, es típico de la tarde noche. Luego de repente se calma  (en brazos, acunándolo, en el coche, al pecho o así, sin más) y actúa normal, como si nada hubiera pasado. Gana peso sin problemas. Si tu bebé tiene cólicos,  le puedes ofrecer pecho como consuelo sin restricciones, aunque a veces lo cogen y lo sueltan sin llegar a calmarse.

Algunos bebés y niñ@s lloran con bastante más de lo que esperamos. Los llevamos al pediatra y todo está en orden. Muchas veces tenemos otr@s hij@s y no queremos comparar, pero es inevitable. Criar a estos niñ@s es mucho más difícil que cuando son más apacibles, se convierte en un reto. 

Pero el pecho es un poderoso recurso de manejo, una fuente de consuelo, no lo olvidemos.  

2. El bebé que no engorda al ritmo esperado.

Esto hay que verlo con calma.

Si la expectativa de ganancia de peso es correcta (que no siempre lo es), lo primero sería ofrecer más cantidad de alimento. Esto se puede hacer mejorando el agarre al pecho o la dinámica, aumentando la frecuencia de las tomas o suplementando con leche extraída.

Si sigue igual y no hay leche materna extraída suficiente, se puede usar leche artificial para suplementar (de hecho no se debe usar ninguna otra sustancia, por muy natural que nos parezca) pero NO se debe retirar el pecho.

Hay veces que a pesar de suplementar, siguen ganando poco o rechazan los suplementos. Hace falta valorar cada caso individualmente, asegurarse que no hay ninguna enfermedad que lo justifique, tranquilizar a la familia y evitar dinámicas de forzar a comer al niñ@ que solo generan sufrimiento y comportamientos de aversión.

Esta secuencia demencial la he observado muchas veces:

Es aplicable a todos los otros casos que comentaba: niño que no duerme (como queremos, porque dormir seguro que duerme), madre cansada (criar es muy cansado, coma lo que coma la criatura), niño y madre que se necesitan mutuamente, y un largo etcétera.

Todos estos casos suelen ser fases de la vida, sin más.

La vida que llevamos no es demasiado compatible con la crianza. Tampoco con estar tranquilos o mantener cierta estabilidad mental, pero la exigencia añadida que supone cuidar de nuestr@s hij@s en este marco puede tener dos consecuencias muy distintas: buscar soluciones rápidas (y poco eficaces o dañinas) o reconsiderar cómo vivir mejor.

Dejando de correr hacia no sabemos dónde.

Viviendo el presente.

Y l@s hij@s nos anclan al momento y al lugar actual, como las raíces de los árboles, abriendo una ventana de oportunidad para el cambio. 

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